Bueno, pues ya estamos aquí de vuelta de un verano que ha sido de todo menos tranquilo: incremento de las turbulencias financieras internacionales, ataques especulativos, desplome de las bolsas, la Unión Europea dando tumbos, el euro contra las cuerdas y además en España, reforma constitucional. Ahí es nada.
Para darle un poco más de emoción al asunto (aunque más que emoción el sentimiento general es de hastío, por no decir otra cosa) en poco más de un mes y medio tenemos elecciones generales. Los principales partidos han dicho que, con la que está cayendo –pobrecitos ellos- van a hacer una campaña electoral “de mínimos”, con poco presupuesto para la compra de espacios publicitarios y más a pie de calle.
Ante este escenario, Internet se sitúa claramente a la cabeza de los canales favoritos de políticos y sus partidos para el trabajo de campaña electoral, debido a su fuerza indiscutible para llegar a millones de personas con un coste tan bajo que hace años nos parecería imposible. ¿Y qué es lo último en Internet? Pues las redes sociales, con Twitter en la cresta de la ola.
Así, en los meses previos a una cita electoral, se multiplica el número de políticos que se estrenan en Twitter o incrementan la actividad de sus cuentas. Uno de los últimos en sucumbir a los encantos de la red del pajarito ha sido Mariano Rajoy, que ponía su cuenta en marcha hace poco más de dos semanas –imagino que como todos, más por consejo de sus asesores que por deseo propio- y supera ya los 53.000 seguidores. Que tiemble Lady Gaga que llega Mariano.
Otros que también han aterrizado recientemente y con buenos resultados son Esperanza Aguirre y sus 48.311 seguidores (ella inició su andadura en Twitter en la campaña de las autonómicas) y Alfredo Pérez Rubalcaba, que intenta llegar a los 37.000.
Pero esta profusión en el estreno y actualización de cuentas en Twitter parece que tiene fecha de caducidad, y además bastante próxima. Al menos eso es lo que ha pasado con muchos de los candidatos a las elecciones municipales y autonómicas del 22-M, según publicaba “Politweets”. Según estos datos, políticos que se mostraban hiperactivos en sus perfiles antes de la elecciones, han pasado a un asombroso mutismo y disminuido drásticamente sus actualizaciones tras el citado 22-M: José María Barreda (2), Carmen Alborch (3), Tomás Gómez (1), Teófila Martínez (3) o Corina Porro (1).
De todas maneras, lo que parece claro es que Internet y las redes sociales son ahora las protagonistas de las campañas electorales y políticos y partidos se apuntan a esta moda, animados además por los buenos resultados que las redes sociales le dieron a Obama en 2008 (y ya se sabe que Estados Unidos en esto marca tendencia).
Mi apuesta es que cosas como esta tendrán cada vez menos importancia y además no conseguirán los efectos deseados:


El debate
Abróchense los cinturones que vamos a despegar. Cada vez queda menos para que arranque la campaña electoral de unas elecciones cuyo ganador parece ser el más previsible en mucho tiempo. Como hablábamos en el último post, con la llegada de la campaña los políticos inician una actividad frenética en redes sociales, especialmente en Twitter –que normalmente abandonan una vez pasadas las elecciones-. Pero amén de estos nuevos canales de comunicación, que con el tiempo van ganando importancia, todavía no nos resistimos a abandonar otros métodos más tradicionales como los vídeos electorales, la propaganda electoral remitida por correo postal y los mítines diarios de los candidatos durante las dos semanas de campaña.
Sin duda, el plato estrella en la estrategia de comunicación de toda campaña electoral en la mayoría de los países de Occidente es el debate (o debates) televisado entre los candidatos. En España vamos con bastante retraso en cuanto a la implantación de esta costumbre, ya que desde el regreso de las elecciones democráticas en 1977, solamente hemos visto dos debates entre candidatos a la presidencia del gobierno: en 1993, con González y Aznar y en 2008 con Zapatero y Rajoy. El próximo lunes 7 de Noviembre asistiremos al tercero, que protagonizarán Mariano Rajoy (que repite candidatura por tercera vez consecutiva y éste será además su segundo debate) y Alfredo Pérez Rubalcaba (que se postula por primera vez como cabeza de lista a unas elecciones generales, pero que no es un debutante ni en política ni ante las cámaras de televisión).
A diferencia de otros países de nuestro entorno, aquí los debates electorales entre los candidatos son más bien lo que se ha dado en llamar un “cara a cara”, ya que en ellos no participan todos los candidatos de los partidos con representación parlamentaria sino solamente los dos más votados y con mayores perspectivas de ganar. Como decíamos, la celebración de estos debates electorales aún no es algo totalmente normalizado en España y en muchas ocasiones no se celebran, alegando a la falta de acuerdo entre los equipos de campaña de los candidatos. Y es que en la organización de un debate se estudia minuciosamente hasta el último detalle: forma y altura de las sillas, los micrófonos y la mesa (o mesas), tiempo de intervención, iluminación, fondo, colores del escenario, formato del debate, quién es el presentador,… Y por supuesto, cada equipo prepara a su candidato tanto en el fondo (qué ideas colocar en cada momento del discurso, argumento ofensivos y defensivos, etc.) como en la forma (color de la corbata y del traje o el lenguaje no verbal).
En una campaña en la que hay acuerdo general sobre la falta de ideas y las escasas propuestas políticas en un contexto social dominado por una de las peores crisis económicas que se recuerdan, puede que este debate nos despierte un poco del sopor y la falta de interés ante la política y los políticos. O puede que no.