Abróchense los cinturones que vamos a despegar. Cada vez queda menos para que arranque la campaña electoral de unas elecciones cuyo ganador parece ser el más previsible en mucho tiempo. Como hablábamos en el último post, con la llegada de la campaña los políticos inician una actividad frenética en redes sociales, especialmente en Twitter –que normalmente abandonan una vez pasadas las elecciones-. Pero amén de estos nuevos canales de comunicación, que con el tiempo van ganando importancia, todavía no nos resistimos a abandonar otros métodos más tradicionales como los vídeos electorales, la propaganda electoral remitida por correo postal y los mítines diarios de los candidatos durante las dos semanas de campaña.
Sin duda, el plato estrella en la estrategia de comunicación de toda campaña electoral en la mayoría de los países de Occidente es el debate (o debates) televisado entre los candidatos. En España vamos con bastante retraso en cuanto a la implantación de esta costumbre, ya que desde el regreso de las elecciones democráticas en 1977, solamente hemos visto dos debates entre candidatos a la presidencia del gobierno: en 1993, con González y Aznar y en 2008 con Zapatero y Rajoy. El próximo lunes 7 de Noviembre asistiremos al tercero, que protagonizarán Mariano Rajoy (que repite candidatura por tercera vez consecutiva y éste será además su segundo debate) y Alfredo Pérez Rubalcaba (que se postula por primera vez como cabeza de lista a unas elecciones generales, pero que no es un debutante ni en política ni ante las cámaras de televisión).
A diferencia de otros países de nuestro entorno, aquí los debates electorales entre los candidatos son más bien lo que se ha dado en llamar un “cara a cara”, ya que en ellos no participan todos los candidatos de los partidos con representación parlamentaria sino solamente los dos más votados y con mayores perspectivas de ganar. Como decíamos, la celebración de estos debates electorales aún no es algo totalmente normalizado en España y en muchas ocasiones no se celebran, alegando a la falta de acuerdo entre los equipos de campaña de los candidatos. Y es que en la organización de un debate se estudia minuciosamente hasta el último detalle: forma y altura de las sillas, los micrófonos y la mesa (o mesas), tiempo de intervención, iluminación, fondo, colores del escenario, formato del debate, quién es el presentador,… Y por supuesto, cada equipo prepara a su candidato tanto en el fondo (qué ideas colocar en cada momento del discurso, argumento ofensivos y defensivos, etc.) como en la forma (color de la corbata y del traje o el lenguaje no verbal).
En una campaña en la que hay acuerdo general sobre la falta de ideas y las escasas propuestas políticas en un contexto social dominado por una de las peores crisis económicas que se recuerdan, puede que este debate nos despierte un poco del sopor y la falta de interés ante la política y los políticos. O puede que no.
El debate
Abróchense los cinturones que vamos a despegar. Cada vez queda menos para que arranque la campaña electoral de unas elecciones cuyo ganador parece ser el más previsible en mucho tiempo. Como hablábamos en el último post, con la llegada de la campaña los políticos inician una actividad frenética en redes sociales, especialmente en Twitter –que normalmente abandonan una vez pasadas las elecciones-. Pero amén de estos nuevos canales de comunicación, que con el tiempo van ganando importancia, todavía no nos resistimos a abandonar otros métodos más tradicionales como los vídeos electorales, la propaganda electoral remitida por correo postal y los mítines diarios de los candidatos durante las dos semanas de campaña.
Sin duda, el plato estrella en la estrategia de comunicación de toda campaña electoral en la mayoría de los países de Occidente es el debate (o debates) televisado entre los candidatos. En España vamos con bastante retraso en cuanto a la implantación de esta costumbre, ya que desde el regreso de las elecciones democráticas en 1977, solamente hemos visto dos debates entre candidatos a la presidencia del gobierno: en 1993, con González y Aznar y en 2008 con Zapatero y Rajoy. El próximo lunes 7 de Noviembre asistiremos al tercero, que protagonizarán Mariano Rajoy (que repite candidatura por tercera vez consecutiva y éste será además su segundo debate) y Alfredo Pérez Rubalcaba (que se postula por primera vez como cabeza de lista a unas elecciones generales, pero que no es un debutante ni en política ni ante las cámaras de televisión).
A diferencia de otros países de nuestro entorno, aquí los debates electorales entre los candidatos son más bien lo que se ha dado en llamar un “cara a cara”, ya que en ellos no participan todos los candidatos de los partidos con representación parlamentaria sino solamente los dos más votados y con mayores perspectivas de ganar. Como decíamos, la celebración de estos debates electorales aún no es algo totalmente normalizado en España y en muchas ocasiones no se celebran, alegando a la falta de acuerdo entre los equipos de campaña de los candidatos. Y es que en la organización de un debate se estudia minuciosamente hasta el último detalle: forma y altura de las sillas, los micrófonos y la mesa (o mesas), tiempo de intervención, iluminación, fondo, colores del escenario, formato del debate, quién es el presentador,… Y por supuesto, cada equipo prepara a su candidato tanto en el fondo (qué ideas colocar en cada momento del discurso, argumento ofensivos y defensivos, etc.) como en la forma (color de la corbata y del traje o el lenguaje no verbal).
En una campaña en la que hay acuerdo general sobre la falta de ideas y las escasas propuestas políticas en un contexto social dominado por una de las peores crisis económicas que se recuerdan, puede que este debate nos despierte un poco del sopor y la falta de interés ante la política y los políticos. O puede que no.